Subieron por la escalerilla de las Meninas, atravesaron parte del alcázar, y al fin el rodrigón abrió una puerta, hizo atravesar á Francisco Montiño una antesala y le introdujo en una sala.
En ella, sentada junto á la vidriera de un balcón, estaba la hermosa doña Clara.
Su semblante aparecía pálido y triste; pero se animó cuando vió al cocinero mayor.
—Bésoos los pies, señora—dijo éste inclinándose delante de la joven.
—Dios os guarde, Montiño—dijo doña Clara—; ¡con cuánta impaciencia os he esperado! Sentáos.
—¿Y á causa de qué ha sido esa impaciencia, señora?—dijo Montiño sentándose.
—Anoche han pasado cosas muy graves.
—No sé... ignoro...—contestó Montiño—; indudablemente en mi familia han pasado graves cosas: como que ha muerto mi hermano mayor...
—¡Qué desgracia! ¡Vaya por Dios!
—Ya era anciano... Pero tuve que ir allá... á Navalcarnero.