—Sí, sí; ya sé que habéis estado anoche fuera de vuestra casa... No debéis dejar vuestra casa sola, especialmente de noche, señor Montiño... ¡dos mujeres solas!

—¿Esta también?—dijo para sí Montiño—. Pero, señor, ¿qué pasará en mi casa?

—Os esperaba con impaciencia para haceros algunas graves preguntas.

—¿Puedo yo contestar á ellas?

—Indudablemente.

—Pues bien, escucho.

—¿Tenéis un sobrino?

—Sí, señora.

—¿Se llama Juan Martínez Montiño?

—Sí, señora.