—Pues es necesario que sepamos á qué atenernos...
—Mi sobrino es muy afortunado, ¿no es verdad?
A aquella pregunta imprevista, doña Clara se puso encendida como una guinda.
Montiño se equivocó al interpretar aquel rubor.
—En palacio, señora—dijo—, nos vemos obligados á hacer cosas que nos repugnan.
—¿Qué queréis decir?
—Seamos francos y no nos ocultemos nada.
—¡Que no nos ocultemos!...
—Yo sé que Juan tiene amores en palacio.
—¿Que sabéis...? ¿Os ha dicho ese joven...?