—No, por cierto; es callado y firme como una piedra; pero yo he adivinado... es más, tengo pruebas... es un secreto terrible... y si para ello me llamáis... entendámonos completamente.
—Explicáos con claridad—dijo doña Clara con la mayor reserva.
—Su majestad tiene disculpa... ¿Nos puede escuchar alguien?
—Nadie, Montiño, nadie—dijo doña Clara, que estaba cada vez más encendida.
—Pues el rey es el rey... siempre rezando y siempre cazando... Pero sacadme de una duda: ¿dónde ha visto su majestad á mi sobrino? Digo á mi sobrino por costumbre.
—¡Cómo! ¿No es vuestro sobrino?
—Doña Clara, os voy á confesar un gran secreto... Juan no es Montiño, sino Girón.
—¡Dios mio!—exclamó doña Clara.
Y de encendida que estaba, se puso pálida como una difunta.
—Sí, sí, señora; es hijo natural del gran duque de Osuna.