—¡Ah! Ahora comprendo...

—¿Qué, doña Clara?...

—Nada, nada; pero había encontrado algo de singular en la mirada de ese joven.

—¡Ya lo creo!... Cuando se entusiasma, cuando se embravece, se asemeja á su padre.

—¿Pero estáis seguro, Montiño? ¿no os engañáis?

—Mirad, señora, y juzgad—dijo Montiño sacando de su ropilla la carta que le había traído la noche antes Juan—: os revelo un secreto de familia; pero vos le guardaréis.

—Sí, sí, pero dadme.

Montiño entregó la carta á doña Clara, que la leyó con un profundo interés.

—Aquí consta—dijo—, que ese joven es hijo de un gran señor y de una noble dama; pero el nombre... el nombre de su padre no está...

—Ya veis que mi hermano no se atrevió á confiarlo á un papel que puede perderse, pero cuando llegué me lo reveló.