Y miró de una manera sesgada y maliciosa al rey.

—Como veis—dijo el padre Aliaga—, su majestad almuerza sin gentileshombres y sin maestresalas; está solo conmigo.

—Lo que demuestra que estáis haciendo el oficio de loquero.

—Os ruego, señor—dijo el padre Aliaga—, que mandéis al tío Manolillo avise al sumiller que no deje pasar á nadie, absolutamente á nadie, ni aun al mismo duque de Lerma.

—Ya lo oyes, obedece—dijo el rey.

—¿Qué será esto?—dijo el tío Manolillo yendo hacia la puerta—¡apoderado de ese imbécil el padre Aliaga, y en consejo conmigo!—¿qué querrán? ¿sabrán algo? ¡veremos!

Y dió las órdenes al sumiller, cerró además la puerta de la cámara, y volvió á sentarse sobre la alfombra y á comer sus embuchados.

—Os ruego—dijo el padre Aliaga—que por estos momentos dejéis vuestro oficio de bufón y me respondáis bien, lisa y llanamente.

—Entonces reclamo mi sueldo de consejero.

El rey sacó de su portabolsa una bolsa, y la arrojó al bufón.