—¡Escudos de plata! ¡el rey no se conoce por su moneda de oro!... ¡pobre Felipe!...—exclamó el bufón.
—Os pregunté—dijo el padre Aliaga—si habíais sido casado, y me respondísteis:
—Que la mujer con quien yo pudiera haberme casado no tenía alma, por lo que no quise casarme con ella.
—Más claro, tío Manolillo: ¿vos no sois padre legítimo de Dorotea?
¡Ah!—exclamó el bufón como sorprendido, y dejando de comer—¡Dorotea! ¿qué tenéis vos que ver con Dorotea, padre?
Y los hoscos ojos del bufón dejaron ver un relámpago de amenaza.
—Deseo saber, ya que no podéis ser su padre legítimo, lo que sois de esa mujer.
—Soy su perro.
—Os he suplicado que me contestéis con lisura.
—Os he respondido la verdad: me tiendo á sus pies, lamo su mano, y velo por ella, siempre dispuesto á defenderla.