—¿Y qué puede hacérsele?

—Es valiente...

—¿No más que valiente?...

—Es licenciado.

—¿En qué?

—En teología y en derecho.

—¿Está ordenado?

—No, señor.

—No conviene que sea clérigo; un mozo que da tan buenas estocadas, no debe llevar un roquete; le está mejor un oficio de alcalde; los alcaldes bravos, que tienen letras y puños, valen más que los que sólo tienen letras; le haremos alcalde de casa y corte.

Montiño estaba espantado con lo que veía, y sobre todo de la buena suerte de su sobrino.