—Sabed—dijo el rey, acercándose más á doña Juana y en voz sumamente baja—que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde conmigo.
Detúvose el rey, y la duquesa sólo contestó abriendo mucho los ojos, porque no sabía á dónde iba el rey á parar.
—Fray Luis de Aliaga, me habló de muchas cosas graves que no vienen á cuento... pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo.
Interrumpióse el rey, y la duquesa, por toda contestación, volvió á abrir desmesuradamente los ojos.
—Estaba solo conmigo y encerrado—continuó el rey—, ¿entendéis bien, duquesa? solo conmigo y encerrado...
—Sí, sí, señor, entiendo á vuestra majestad.
—Pues bien—dijo el rey soslayándose en el sillón y buscando en uno de los bolsillos de sus calzas—, cuando el padre Aliaga salió, me encontré sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta á la vista y que, como veis, dice en su sobrescrito: «A su majestad el rey de España».
La duquesa miró el sobrescrito y continuó callando.
—Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy larga, pero que, á pesar de su brevedad, es grave, gravísima: sí; ciertamente, muy grave.
Fijó el rey su mirada en la duquesa, que persistió en su silencio.