—Acercad la luz, doña Juana—dijo el rey.

Levantóse la duquesa, tomó el velón y continuó de pie junto á Felipe III, alumbrándole.

—Oíd, pues: oíd, y ved á cuánto os obliga mi confianza.

—Vuestra majestad no puede obligar más, á quien está tan obligada, señor.

—No importa, oíd.

Y el rey se puso á leer:

«Sacra católica majestad: Los traidores que os rodean...»

Dejó el rey de leer, levantó los ojos y miró á la duquesa, que estaba verdaderamente asustada.

—¡Los traidores que me rodean!—dijo el rey—¿qué decís á esto?

—Digo, señor, que no lo entiendo—contestó la duquesa.