Hay entre las armas antiguas una que se llama puñal de misericordia.
Con este puñal remataban los vencedores á los vencidos.
A esta madre, en fin, fué á visitar la joven y hermosa doña Catalina de Sandoval, condesa de Lemos.
A más de ser abadesa de las Descalzas Reales, en cuya comunidad tenía la condesa mucha familia, era parienta suya.
Cuando la condesa llegó al locutorio, la dijo la tornera:
—Será necesario que vuecencia espere; la madre abadesa está confesando en estos momentos.
La condesa se mordió los labios, porque aquella detención la contrariaba.
—¿Quién es el confesor de mi prima, madre Ignacia?—dijo á la tornera.
—¡Oh! es un justo varón, un padre grave y docto de la orden del seráfico San Francisco: fray José de la Visitación.
—¡Ah! ¡Fray José de la Visitación! le conozco mucho y ha sido mi confesor algún tiempo; tomé otro porque nunca acababa de confesarme; era eternizarse aquello.