—¡Qué adelantáis, don Francisco, con sacrificar una mujer más!

—Seríais vos la primera.

—Ved por qué no puedo fiarme de vos; negáis lo que todo el mundo sabe: vuestros ruidosos galanteos.

—Helos tenido con muchas hembras, pero tratándose de mujeres vos sois mi primera mujer.

—Tal vez os engañáis... tal vez yo no sea más que... como vos decís, una hembra, y harto débil y desdichada.

—Pues yo os creo demasiado fuerte, y en cuanto á lo desdichada, estando ausente de vos mi señor el duque de Lemos, no os podéis quejar.

—Quéjome de que siempre no haya estado lejos.

—¡Oh! ¡si no hubiérais sido hija de Lerma!

—Ni aun delante de mí, perdonáis á mi padre.

—Eso os probará que para vos, mi lengua es lengua de Dios.