—No os entiendo.

—Quiero decir, que para con vos mi lengua es lengua de verdad: para mejor probároslo, no sólo aborrezco, sino que desprecio á vuestro padre.

—¡Ah! ¡qué desgraciada soy!

—Sóislo en efecto; pero vuestra desgracia no os trae vergüenza: no se eligen padres.

—Si yo fuese una cualquiera no me hubiérais amado.

—Soy hombre que visto negro y liso.

—¡Cómo!

—Quiero decir, que no me paro en bordaduras, ni en apariencias, ni en riqueza; siendo vos lo que sois, además de ser hija de un duque y mujer de un conde, para que yo no os hubiese amado, era necesario que no os hubiera conocido.

—De modo que si yo hubiese sido la hija de un mendigo...

—Hubiera quitado las conchas y hubiera tomado las perlas.