—Es sobrino del cocinero del rey, y tiene amores en la servidumbre de la reina.

—Me habéis maravillado, don Francisco... yo creía que lo sabíamos todo...

—Pues ya habréis visto que hay muchas cosas que ignoráis.

—Madre abadesa—dijo en aquellos momentos á la puerta del locutorio una monja—, aquí han traído una carta para vos.

—Dadme, dadme.

La monja adelantó y dió una carta á la madre Misericordia.

Luego salió.

—Permitidme, prima mía; permitidme, caballero—dijo la abadesa.

Doña Catalina y Quevedo se inclinaron.

La abadesa abrió con precipitación la carta.