—¿De quién será?—dijo para sí Quevedo.
La abadesa leyó la carta, la dobló, la guardó y, dirigiéndose á Quevedo, le dijo con acento reservado y glacial:
—Os agradezco las revelaciones que me habéis hecho, don Francisco, y estoy segura de que mi tío el duque de Lerma os las agradecerá.
—¡Oh! Pero os habéis olvidado, señora—dijo con suma precipitación Quevedo—. Yo deseo, quiero, os suplico, que el duque de Lerma no sepa, no pueda sospechar siquiera la situación en que me encuentro respecto á él.
—¡Ah! ¡Sí, es verdad, caballero! Y puesto que así lo deseáis, respetaré vuestro deseo.
—Me haréis en ello gran merced; y como supongo que necesitaréis de vuestro tiempo, me pongo á vuestros pies y os pido licencia para retirarme.
—Supongo que nos volveremos á ver.
—Nos volveremos á ver... ¡de seguro!
—Pues adiós, don Francisco.
—Que os guarde Dios, señora.