Y tomando una mano á la de Lemos y besándola cortésmente, y lanzándola rápidamente una mirada en que había todo un discurso, salió.

—¿Qué significa este conocimiento que tenéis con don Francisco de Quevedo, prima?—dijo severamente la abadesa.

—Le conozco desde que era muy joven—contestó con desdén doña Catalina.

—Pero no creo que le conozcáis lo bastante para acompañaros con él.

—Si don Francisco y yo tuviéramos un interés cualquiera en vernos, en andar juntos, no elegiríamos por cierto el locutorio de las Descalzas Reales para lugar de nuestras citas, ni á vos por testigo.

—En lo cual haríais muy bien.

—Y mucho más por la parte que me concierne, porque me excusaría de que pensárais mal de mí.

—Yo no pienso mal de vos; pero quisiera saber para qué habéis venido al convento.

—Unicamente para presentaros á ese caballero; pero la culpa la tengo yo, que me intereso por mi padre y por mis parientes, que tan poco se interesan por mí.

—Si yo no me interesase por vos, no me importaría que diéseis pasos peligrosos.