El lacayo se fué.
Dorotea se quedó sola en una galería estrecha, larga y tortuosa y delante de una puerta.
Llamó á ella con impaciencia.
Abrióla una mujer joven y bella.
Era Luisa.
—¿Sois la hija del cocinero mayor?—dijo Dorotea.
—Soy su mujer—contestó con cierta mortificación Luisa—. ¿Para qué queréis á mi marido?
—Para hablarle.
—Acaba de salir.
—No importa—dijo Dorotea entrándose en el cuarto—. Le esperaré.