—Pero yo, señora, no os conozco.

—No le hace; vengo á preguntarle una cosa importante.

—Pero es muy natural que una mujer honrada, cuando ve que otra busca en su misma casa á su marido... piense...

—Pensad lo que queráis.

Y Dorotea se sentó sin ceremonia.

—Y bien, mejor...—dijo Luisa sentándose á coser—ya sé lo que debo decir á mi marido cuando tenga un nuevo disgusto con él.

Ninguna de las dos mujeres habló más.

Al cabo de cierto tiempo Dorotea hizo un movimiento de impaciencia.

—¿Dónde estará ese hombre?—exclamó.

—Si lo deseáis—dijo Luisa—le enviaré á buscar.