—¡Para largas esperas estoy yo!...—dijo la Dorotea—. Me ahogo aquí en este chiribitil... y me voy... decid cuando venga á vuestro marido que le espera en su casa la querida del duque de Lerma.
—¡Ah!
—Sí, del duque de Lerma, á quien sirve de correo vuestro buen marido, como le sirve de otras muchas cosas. Conque adiós.
Y la Dorotea salió primero del cuarto de Montiño y luego del alcázar, tomó por la calle del Arenal, y en ella fué donde encontró á Quevedo.
Cuando llegó Montiño á su casa, se encontró á su mujer y su hija cantando y cosiendo.
—Están juntas—se dijo—, y esto me contraría.
Montiño debía haber supuesto que las encontraría de aquel modo, porque siempre las había encontrado así.
Dió dos ó tres vueltas por la sala.
Vió dos ó tres veces á su mujer.
Cada vez le pareció más hermosa y más inocente.