—¿Y á qué me he de acostumbrar?

—A pasarte sin tu hermano...

—Pues qué, ¿no me pasaba sin él?

—Sí, pero no es lo mismo decir tenía un hermano, á decir ya no le tengo.

—Tienes razón, es muy doloroso perder una cosa que se ama.

Montiño se calló, y Luisa, por no irritarle más, se calló también.

—Está delante Inesita—dijo para sí Montiño—, y no me atrevo... será necesario quedarme solo con ella.

Y siguió paseándose en silencio durante ocho ó diez minutos.

Su mujer y su hija no cantaban, pero cosían.

—Pues señor—dijo para sí el cocinero mayor, deteniéndose de repente—, ello es preciso.