Y luego dijo alto:
—¡Luisa!
—¿Qué quieres?—contestó la joven.
—Tengo que hablarte á solas de un asunto muy importante.
Púsose levemente pálida Luisa.
—Vete Inés, hija mía—dijo á la niña.
Inesita se levantó, miró con cuidado á su padre, y dijo para sí saliendo:
—Me quedaré tras de la puerta, y escucharé lo que hablen.
Montiño fué á sentarse en la silla que había dejado desocupada su hija.
—Vamos, Francisco—dijo Luisa, viendo que su marido guardaba silencio—, ya estamos solos.