—¡Es que!... ¡sí!... ¡yo!... ¡tú!—tartamudeó Montiño, á quien faltó de todo punto el valor.

Estaba viendo por completo sin gorguera el cuello blanco y redondito de su mujer.

—¿Pero qué es ello?—dijo Luisa.

—Me encuentro en un gran compromiso—dijo Montiño renunciando de todo punto á hacer cargos á su mujer, y rompiendo para salir de la situación por donde primero se le ocurrió.

—¡Un compromiso!

—Sí, por cierto, tengo un sobrino.

—Pues no comprendo...

—Ese sobrino ha venido á Madrid.

—¿Y bien?

—Necesito traerle á vivir aquí.