—¡Aquí, como quieras!

—Pero hay un obstáculo.

—¿Cuál?

—Inesita.

—¡Ah!

—Sí, Inesita está ya alta y hermosa, y mi sobrino...

—Es su primo.

—No, no; no estaría bien. Es necesario que Inés salga de casa—replicó Montiño.

—¿Y á dónde ha de ir esa pobre niña?

—¿Dónde? A un convento.