Montiño se detuvo.

Fray Luis siguió arreglando sus tizones.

—Pues... me atrevo á deciros, aunque os parezca impertinencia, que vengo á confesarme con vos.

—Vos no sois impertinente por eso; todos los días abro el tribunal de la penitencia á desdichados que son tan pobres que me veo obligado á recomendarlos al limosnero de su majestad.

—Nadie hay tan pobre como yo...—dijo Montiño saliéndose de nuevo de tono.

—¿Venís preparado?—dijo el padre Aliaga.

—¿Preparado para qué...?—dijo el cocinero, que se alarmaba por todo.

—Para hacer una buena confesión—repuso el padre Aliaga—; he querido preguntaros si habéis hecho examen de conciencia.

—Os diré, padre Aliaga: yo no había pensado hasta hace algunos momentos en hacer confesión general.

—Resulta, pues, que no venís preparado y no puedo confesaros hoy.