El padre Aliaga esperaba con impaciencia al tío Manolillo, y quería quitarse de encima de la mejor manera posible al cocinero mayor.
—Tenéis razón, señor—dijo Montiño—, pero como se trata de hacer una confesión general, yo me atrevería á suplicaros...
Montiño se detuvo; fray Luis no dijo una sola palabra.
—Pues... yo me atrevería á suplicaros... que... me dirigiéseis... me ayudáseis en mi examen de conciencia... y como se trata de una confesión general... y ¡como yo he sido muy malo!
Y para pronunciar esta última frase, salió de nuevo de tono y más ruidosamente que las veces anteriores, el cocinero mayor.
El padre Aliaga sintió un poderoso impulso de impaciencia, casi de despecho.
Su pensamiento estaba fijo en el bufón del rey, que según él, debía llegar de un momento á otro.
Montiño había llegado á ponerse en la situación de uno de esos grandes estorbos que contrarían al más paciente.
Sin embargo, el impenetrable semblante del padre Aliaga no se alteró.
Montiño se le había venido encima con una petición á que no podía negarse como sacerdote.