Además, no quiso alegar ninguna ocupación.

Y, por último, á pesar de la contrariedad que le causaba aquel incidente, tenía un interés vago en conocer la conciencia del cocinero mayor, que por su estado febril, por lo exagerado de su expresión, por otros mil indicios patentes, daba á conocer claro que se hallaba en una situación grave.

Y todo el mundo sabía, y en particular el padre Aliaga, que Francisco Martínez Montiño era en la corte algo más que cocinero del rey.

—¡Tratáis de hacer una confesión general!—dijo el padre Aliaga—; esto es grave.

—¡Oh! sí; lo que me sucede es muy grave—dijo Montiño—; desde ayer han pasado por mí tantas desdichas que con ellas se puede llenar un libro, y por grande que fuese no sobraría mucho. ¡Ayer era yo tan feliz!

—¡Erais feliz y os confesáis malo!

—¡Ah, padre! todo me venía bien y tenía dormida la conciencia.

—El que aduerme su conciencia puede despertar condenado.

—Cuando la desgracia me ha herido, he dicho para mí: esto es que Dios me avisa. Había salido del alcázar loco y desesperado sin saber qué hacer, sin saber dónde ir, y me acordé de vos, padre.

—Hicísteis bien, pero nos vamos olvidando del asunto principal.