—¿Habéis llegado al punto de matar por el dinero?

—¡Ah, no, señor; no, señor!—exclamó todo horrorizado Montiño.

—¿Y si os pagaran por envenenar á una persona que hubiese de comer de vuestros manjares?

—He sido y soy codicioso—exclamó, levantándose el cocinero mayor—, lo confieso; pero matar... ¡eso no, no, no!

Y había verdadero horror, verdadera repugnancia en el aspecto, en la mirada, en el acento de Montiño.

El padre Aliaga se tranquilizó.

No podía dudarse de aquella situación del cocinero mayor.

Sin embargo, dijo:

—Es pública voz y fama que se han dado bebedizos al rey.

—Mientras se hace la comida de su majestad, nadie levanta una cobertera que yo no lo vea, nadie echa una especia que yo no examine; tengo hasta la sal guardada bajo llave. Pero su majestad come y bebe con mucha frecuencia en las Descalzas Reales.