—¡Religiosas!

—Religiosas, sí; pero la madre Misericordia es sobrina del duque de Lerma.

—¿Y bien?...

—¡Si yo tuviera una carta que me dió para el duque la madre Misericordia! Es verdad que si yo no hubiera perdido esa carta, no me hubiera desesperado hasta el punto de pensar en hacer confesión general.

—Pero ¿tan importante creéis que era esa carta?

—¿Y qué sé yo?

—¿Y no recordáis cómo la habéis perdido?

—¡Que si lo recuerdo!... Cuando la eché de menos no lo recordaba... pero cuando salí de palacio... el frío, la lluvia me refrescaron de tal modo, que me acordé de que se me ha quedado con esa carta don Francisco de Quevedo.

—Veo con disgusto que andáis en muy malos pasos, señor Francisco.

—Sí; sí, señor; el amor al dinero.