—Veo, además, que habéis pecado tanto por el dinero, que desde ahora, sin que os confeséis, puedo deciros...
—¡Qué! ¡señor!
—Que si no reparáis el mal que habéis hecho, os condenáis.
Estremecióse todo Montiño.
—¡Que me condeno!—exclamó.
—Irremisiblemente.
—¿Y qué he de hacer, qué he de hacer, padre?
Fray Luis miró profundamente al cocinero mayor.
Había creído que le echaban aquel hombre para explorarle, y le había tratado con la mayor reserva. Pero muy pronto se convenció de que el cocinero obraba de buena fe, que estaba desesperado, que tenía miedo.
Comprendió, además, que siendo como era avaro y de una manera exagerada Montiño, no había que pensar en imponerle reparaciones respecto á su dinero.