—El amante de esa dama es el amante de mi mujer.

—¡El amante... de vuestra mujer!...

—Sí, señor; he sido muy desgraciado en el matrimonio; me he casado dos veces: mi primera mujer era muy aficionada á los pajes; llevósela Dios y quedéme en la gloria; pero como me había quedado una hija, necesité casarme de nuevo; mi segunda mujer ha salido muy aficionada á los soldados, y como es soldado el amante de doña Ana de Acuña...

—Mirad, no levantéis un falso testimonio á vuestra esposa.

—¡Un falso testimonio! si yo no supiera de seguro que mi mujer es amante del sargento mayor don Juan de Guzmán ¿por qué había de estar desesperado?

—¡Don Juan de Guzmán!—exclamó el padre Aliaga, poniéndose pálido—; yo conocí á un Juan de Guzmán, soldado de á caballo; ¿qué edad tiene ese hombre?

—Más de cuarenta años, pero aparenta menos.

Quedóse profundamente abismado en su pensamiento el padre Aliaga.

Guardó por un largo espacio silencio.

—¡Juan de Guzmán—dijo al fin—, es amante de una aventurera de quien se valen ellos! ¡y además es amante de vuestra mujer!