—Sí, señor.

—¿Habéis dado algún escándalo en vuestra casa?

—¡No; no, señor! intenciones de más que eso he tenido... ¡pero quiero tanto á mi mujer!... á la pobre han debido darla algún bebedizo.

—¿Ha podido sospechar vuestra mujer que conocéis su falta?

—No; no, señor.

—Pues bien, seguid obrando en vuestra casa como si nada supiérais.

—Sí; sí, señor.

—¿Qué pretende el duque de Lerma de esa doña Ana?

Montiño contó al padre Aliaga lo que respecto á aquella mujer le había encargado el duque de Lerma.

—Es hasta donde puede llegar la degradación—dijo el inquisidor general—; de todo se echa mano. Oíd, Montiño: estáis hablando al mismo tiempo que con el sacerdote, con el confesor del rey y con el inquisidor general.