Estremecióse Montiño.
El padre Aliaga había cambiado de expresión y de acento.
—Yo, señor—dijo balbuceando—, he venido á buscar en vos amparo y consuelo.
—Y yo no os lo niego; pero habéis pecado mucho, y es necesario que reparéis el mal que habéis hecho sirviendo de medio para que el crimen no triunfe de la virtud.
—Os serviré, señor.
—Hablábamos de vuestro sobrino. ¿Quién es ese joven?
—Ese joven, señor, no es mi sobrino—dijo Montiño, que temblaba como un azogado.
—¿Que no es vuestro sobrino?
—No, señor.
—¿Pues por qué se nombra vuestro sobrino?