—El cree que lo es.

—Decidme lo que sabéis acerca de ese joven.

—Os voy á confesar un terrible secreto de familia—dijo Montiño sacando con miedo la carta de su hermano Pedro, que había traído para él la noche anterior el joven.

—Yo guardaré ese secreto bajo confesión—dijo el fraile.

Montiño entregó la carta al padre Aliaga, que se levantó y fué á leerla junto á la vidriera de un balcón.

El padre Aliaga leyó y releyó aquella carta.

Luego volvió junto al cocinero mayor.

—¿Sabe esto alguien?—dijo guardando la carta del difunto Pedro Montiño, con gran cuidado el cocinero.

—Sí, señor—exclamó Montiño—; lo sabe una mujer.

—¿Qué mujer es esa?