—La reina ama á mi sobrino.
Pasó algo siniestro por el semblante del fraile.
—¿Decís—exclamó—que su majestad ama á ese joven?
—Estoy casi cierto de ello.
—¡La prueba! ¡la prueba!
—No puedo dárosla ahora, pero os la daré.
—Si me la dais, os hago doblemente rico.
Montiño miró de una manera extraviada al fraile. Su corazón se embrolló más y más, los grandes ojos negros del padre Aliaga le devoraban; no era ya la mirada indiferente y tranquila de antes la suya; había en ella inquietud, ansiedad, cólera... un mundo entero de pasiones.
—¡Habéis dicho—exclamó roncamente—que la reina ama á ese caballero!
—Sí; sí, señor, y creo... creo tener pruebas... en fin... yo... averiguaré...