—Sí... sí... averiguad... pero esto es imposible, imposible de todo punto—añadió como hablando consigo mismo el confesor del rey—; y sin embargo, las mujeres...

—Son muy caprichosas, señor; ya veis, mi mujer...

—¡Vuestra mujer!... ¡vuestra mujer!... ¿decís que es querida del sargento mayor don Juan de Guzmán?

—¡Sí, señor!

—¿Cómo ha llegado ese hombre al empleo que tiene?

—Le favorece don Rodrigo Calderón.

—¿Y favoreciéndole don Rodrigo Calderón, ese hombre ha enamorado á vuestra mujer?...

—¿Qué pensáis de eso?

—Vigilad á vuestra mujer.

—¿Y no sería mejor que vos, señor, que sois inquisidor general, encerráseis á ese hombre?...