—No parece sino que nos escuchan—dijo bruscamente Alonso del Camino—, según andáis de reservado.
—Pues no nos escucha nadie. Yo acostumbro á escuchar siempre con indiferencia las hablillas de antecámara.
—Podrán ser hablillas, pero á la verdad, lo que yo he visto...
—¡Ah! vos habéis visto...
—Sí por cierto, y algo que significa mucho; en primer lugar, he visto que el mayordomo mayor, duque del Infantado, ha tenido que volverse desde la puerta de la cámara del rey, porque el ujier no le ha dejado pasar.
—Pero eso no prueba nada.
—Tenéis razón; eso no probaría nada si, después de no haber podido entrar tampoco el duque de Pastrana, ni el de Uceda, á pesar de su oficio de gentileshombres de la cámara del rey, no hubiese salido el duque de Lerma tan risueño y alegre que parecía decir á todo el mundo: ya no tengo enemigos... Dióme lástima, porque en sí mismo tiene el mayor enemigo Lerma.
—Nada de lo que habéis dicho prueba nada.
—Se dice...
—¿Se dice más?