—Ahí se quedan los cien ducados que han sobrado.

—Bien.

—Perdonad... pero... mañana vendré á informarme...

—Muchas gracias... esto pasará...

—Quiera Dios aliviaros, y quedad con El.

—Id con Dios, y que Él os pague vuestra buena voluntad, señor Alonso.

El montero de Espinosa salió, y al atravesar el corredor que conducía al claustro, dijo:

—¡Es extraño! ¡ponerse malo de repente! ¡y á mí me parece que está muy bueno! ¿qué habrá aquí?

Apenas había salido Alonso del Camino de la celda, cuando salió de la alcoba el tío Manolillo.

—¿Por qué os tratáis con gente tan habladora?—dijo—; pero nada importa que yo lo haya oído, porque ya sabía yo que conspirábais: ignoraba, en verdad, que tuviéseis vuestros espías tan cerca del rey. Y es un buen hombre ese Alonso del Camino.