—Me habéis dicho—contestó el padre Aliaga, como si nada le hubiese hablado el bufón—que si voy á palacio me mostraríais á esa Dorotea.

—Indudablemente; pero es necesario que os detengáis en ir lo menos una hora.

—¿Y por qué?

—Porque necesito ese tiempo para llevar á la Dorotea á palacio. Ya debe de haber salido de la función del corral del Príncipe; pero como ha ido acompañada muy á su gusto, podrá suceder que después de la función se haya metido con su compañía en alguna hostería apartada. Ya veis, el hablar mucho, el cantar y el bailar abren el apetito, y cuando se han hablado y cantado amores y se está enamorado...

—¿Y de quién está enamorada Dorotea?—dijo con interés el padre Aliaga.

—De una persona á quien vos conocéis.

—¿Que yo conozco?

—Sí, ciertamente, y de la cual tenéis celos.

—¡Celos!

—Sí por cierto; unos celos concentrados, crueles, que queréis ocultaros á vos mismo.