—No le conoce nadie.
—¿Es forastero?
—Y altivo.
—¡Aunque pobre!
—Pobre soy yo—dijo el alférez—, y en punto á orgullo no me trueco por un portugués. ¿Y qué tal? ¿es buen mozo?
—No tanto como vos—dijo la Mari Díaz—, pero aun así puede presentarse sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, después de vos.
—Muchas gracias por la fineza, prenda mía; aunque no me satisface mucho vuestra opinión.
—¿Y por qué no?
—Jamás os he visto acompañada de un hombre que valga seis maravedises. Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por vos, os siguen y os persiguen más de cuatro gentileshombres. Por eso, porque en vuestro gusto particular no confío, y porgue no es cosa de preguntar á estos señores, que por envidia podrán informarme mal, quisiera conocer á ese portento.
—Pues allí está, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cáceres que, como sabéis, es el perro de la Dorotea.