—Sí; pero hablad más bajo, vida mía, si no queréis dormir esta noche sin más compañía que las ratas.

—Seguid, señor Ginés, seguid; vos, Mari Díaz, no interrumpáis—dijo uno.

Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia el noticiero, todos los oídos atentos, porque han de saber nuestros lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se han tomado gran interés por los negocios públicos.

—Se dice—añadió el narrador—, que el duque... pues... su excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al herido.

—¡En su casa!

—Como que le hirieron junto al postigo de su casa.

—¿Y no se sabe quién le hirió?

—Todavía no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que... ¿qué más prueba queréis de que estas estocadas han venido de lo alto?

—Esto es grave—dijo uno.

—Gravísimo—añadió otro.