—Y á mí me parece lo más fastidioso del mundo—dijo Mari Díaz—; ¿qué nos importa todo eso? Por mi parte me voy.

—Id con Dios, princesa, id con Dios—dijo el alférez—; si no fuera por dejar con su curiosidad á estos señores, os acompañaría.

—Muchas gracias—dijo la Mari Díaz alejándose.

—Allá va al primer bastidor—dijo uno.

—A ponerse en guerra con la Dorotea.

—Esas chicas acabarán por arañarse.

—No, porque la Dorotea es magnánima; ¡como siempre vence!

—Dejémonos de mujeres, señores, y vamos á lo que importa—dijo el alférez, que reventaba por soltar sus noticias.

—Sí, sí; seguid.

—Decíamos que las tales estocadas habían venido de lo alto, según todos los indicios. Pues bien, hay más. Ha entrado el rasero, señores.