—¡El rasero!...

—Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor á don Baltasar de Zúñiga, que va de embajador á Inglaterra.

—¡Pero si don Baltasar no se mete en nada!

—¿Cómo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del príncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, señor; don Baltasar conspiraba... Y si no, ¿por qué andaban hoy en palacio tan graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda sin poder entrar en la cámara del rey? ¿Y por qué estaba tan alegre el duque?

—Verdaderamente todo esto es grave—dijo uno de los del grupo, que tenía el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad.

—¡Gravísimo!—dijo el alférez—. ¡Pues ya lo creo! Pero hay una cosa más grave aún.

-¿Qué?

-¿Qué?

—No se ha dejado salir de su cuarto al príncipe don Felipe de orden del rey.

—¡Ah! Pues esto es tres veces grave.