—Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto á enojar á su tío, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le importará mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable... indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina.

—¿Pero cuándo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga?

—El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extraño que no lo sepáis; lo saben muy pocos. ¡Cuando os exageraba que había novedades...!

—¿Pero qué interés tiene el duque...?

—¡Oh! la zancadilla que se le había preparado era feroz. Se le iba á acusar de traición, de estar vendido á la Liga.

—¡Oh!

—Y uno de los que más han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda.

—¡Su hijo!

—Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda llegar á la privanza y no perdona medio.

—Todo esto es grave, gravísimo—dijo el que todo lo veía por el lado serio.