—Pues hay además algo que aumenta la gravedad de estos sucesos.
—¡Qué!
—¡Qué!
—Se cree...—dijo el alférez, bajando más la voz y con doble misterio.
—¡Pero traéis un saco de noticias, alférez!
—Que doy de balde. Pero oíd lo que se dice en palacio, por los rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque de Osuna.
—Se tiene la manía de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin duda, para huir de estos enredos, se ha ido á ser virrey de Napóles—dijo un autor de entremeses.
—Aunque el duque de Osuna esté en Nápoles, vieron anoche en Madrid á su secretario don Francisco de Quevedo y Villegas.
—¡Que está don Francisco en Madrid!—exclamó el autor de la compañía, ó como diríamos en nuestros tiempos, el representante de la compañía—; ¡bah! eso es mentira. Hubiera venido por aquí y yo le hubiera encargado un entremés.
—En cuanto á lo de venir, quizá no pueda porque está escondido—dijo el alférez.