—¿Y á dónde que no nos molesten?—dijo Juan Montiño.

—A la Cava Baja de San Miguel. Allí hay truchas y perdices frescas.

—Pues á la Cava Baja.

Los tres jóvenes se pusieron en marcha.

El aporreado parecía haber olvidado su aporreo, y charlaba como los otros dos.

Los tres se burlaban de don Bernardino.

Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel, delante de una puerta.

—Ante todo, señores, nadie paga más que yo—dijo Montiño.

—Concedido—dijo el alférez.

—Muy bien—añadió Velludo—, pero á condición que yo he de pagar otra vez.