—Bueno; pero esta noche, esta noche es mía.

—Enhorabuena.

Y acercándose el alférez á la puerta, llamó.

Nadie contestó de adentro.

—No nos abrirán—dijo Velludo—; ha pasado hace mucho tiempo la hora fijada de las ordenanzas.

—Va veréis—dijo el alférez tocando de nuevo á la puerta—: ¡abrid al alférez Saltillo!

Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abrió.

—Entrad—dijo una voz recatada—y no arméis ruido, no os oigan los vecinos y den parte á una ronda.

—¡Vaya unos vecinos!

—Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al acusador; y están los tiempos tan malos... las gentes dan en la tentación... ¡si se llevaran quince millones de demonios al duque de Lerma!...