Cuando el hostelero se atrevió á decir estas palabras, había ya cerrado la puerta y estaba bien adentro de su casa.

—Mira—le dijo el alférez—, llévanos arriba, á aquella sala azul pequeña que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los ojos verdes; aquella Inés...

—Está durmiendo...

—Que despierte.

—Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aquí—dijo Juan Montiño poniendo en las manos del hostelero un doblón de á ocho.

Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven.

El alférez y Velludo se miraron con asombro.

Juan Montiño había crecido para ellos dos palmos.

En cuanto al hostelero, se había avanzado á un corredor exclamando:

—Inesilla, hija, despierta y vístete y ponte maja, que tres gentileshombres te favorecen queriendo que tú los sirvas. Al momento viene, señores. Vamos á la sala azul. Luego yo bajaré á disponer los manjares y á sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala azul. Es muy buena, en ella sólo comen personas principales; he comprado esta docena de sillones y estos espejos á un indiano que se volvía á las Indias. Vais á estar como príncipes; os traerán brasero, que hace frío... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya veréis, caballeros, ya veréis.