El hostelero salió, y los jóvenes acababan de sentarse cuando se oyó en la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba:

¡Ladrones! ¡Ladrones!

La voz se apagó instantáneamente, pero los tres jóvenes estaban ya de pie y se habían dirigido instintivamente á la salida con las manos puestas en las espadas.

—Juraría—dijo Juan Montiño saliendo y precipitándose por las escaleras—que esa era la voz de mi tío.

—¡De vuestro tío!

—Sí; abrid, abrid la puerta—gritó Montiño al hostelero.

—¿Y quién es vuestro tío?—dijo el alférez, que le seguía.

—Francisco Montiño, cocinero mayor del rey.

—Os aconsejo que no salgáis dijo el hostelero—; nadie se mueve de noche aunque oiga lo que oiga.

—¡Abrid, vive Dios!—exclamó Juan Montiño—, ú os abro la cabeza.