La joven estaba triste, porque Juan Montiño se había separado de ella para acudir á un lance desagradable y acaso peligroso.
—¿Qué necesidad tenía yo—dijo—de haberle llevado al teatro?
Ninguna.
Ha visto á Mari Díaz y ha tropezado con don Bernardino.
Bien empleado me está.
He querido lucirle.
Vamos: si sucede algo malo á Juan, no sabré de qué manera castigarme.
—¡Casilda!
—Señora.
—Si viene el duque de Lerma, que estoy mala.