—Ha venido ya, y dijo que volvería.
—Pues cuando vuelva, que entre.
—Me parece que es ese que llama á la puerta.
—Pues ábrele... ábrele.
Casilda salió.
Dorotea se quedó esperando con impaciencia.
Poco después entró el tío Manolillo, que arrojó al suelo la capa y la gorra, que venían empapadas de agua.
Luego adelantó, se sentó junto al brasero, y se puso á mirar de hito en hito á Dorotea.
—¡Qué hermosa y qué engalanada estás, hija mía!—la dijo—; de seguro no esperas al duque de Lerma. Para él no te atavías tanto.
—Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo he quitado todavía.